
Cuando todo el mundo se marchó para Sevilla para ver a las figuras y sus toritos, en mis locuras decidí marcharme a Madrid para ver a Juan Ortega que, como me sucediera el año pasado, tanto me ilusionó, razón de ese viaje de locura para ver a dicho diestro. Pero lo que nadie sospechábamos era que, los toros de El Torero, destruirían la tarde por completo que, si no teníamos bastante con el frío y el viento, los mastodontes inválidos de dicha ganadería echaron todo al traste. Una pena porque la presentación era fantástica pero, lo que llevaban dentro apenas era pura basura, flojedad, mansedumbre y malas ideas, lo que comprobó Pablo Aguado que cuando se dio cuenta estaba volando por los aires, con la bendita suerte de salir ileso del trance.


Por Jaime Oaxaca


